Reseña del poemario ‘La sangre de Erato’ (Inmaculada García Haro), escrita por Manuel Quiroga Clérigo

PORTADA JPJ
Cubierta de ‘La sangre de Erato’ (Ediciones del Genal, 2016)

Las denominaciones de las musas líricas forman parte de una constelación de asombrosas figuras. Son las que vienen a acompañar a esa poesía cálida que nos habla del amor, de la vitalidad del erotismo o de la viveza de la existencia. Así que Eros se acerca a Terpsícore, con el deleite de la danza, y juntos amenizan el espectáculo que ofrecen para la poesía las distintas vehemencias del entendimiento, o sea, desde Caliope a Clío, desde Euterpe a Talía, desde Polimnia a la celestial Urania.

En 1979 ya escribía Ana Rossetti en su libro Los devaneos de Erato “Tus piernas, esas cintas que el bello deshilacha/y en la ojiva, el pubis, manojo de tu vientre/la dovela./Crece en tu torno el gladiolo /llave anal, violador perenne/y tres diosa/quieren morder contigo la manzana”. Y es que los mitos, las circunstancias, los deseos, las preocupaciones del mundo clásico greco-latino se encuentran enraizados en una poesía, generalmente escrita por mujeres, capaces de vivificar el amor, de darle el valor mágico de la ternura.

Ahora nos llega, como el rayo, un delicado poemario de la escritora Inmaculada García
Haro (Málaga 1963) que, nuevamente, rinde un tributo a esa interminable, o eterna
musa. En La sangre de Erato la autora va a recuperar esos mitos nunca postergados de
la tradición judeocristiana y los va a convertir en deliciosas quejas o en magnificas
vivencias. En la primer parte del libro, Meditatio, ya viene a advertir:

“Voy a escribir con mi vientre/para narrar el infinito/que no tiene palabras”. Y es que, efectivamente, no se precisa ni un rumor para condensar pasiones, afectos, cercanías. El poemario, dedicado a Alberto y Eduardo, también traducido elegantemente al inglés por Isabel J. Macdonald, tiene un jugoso prólogo de Enrique Baena donde leemos que “no es sino un diálogo de conciencia, despierta y vitalista, que logra su expresión en los versos, y que ya son pasos hacia las formas de un mito personal, y expiación hacia y defensa
ante la negación de lo vivido”.

“La voz de mi amado/sumerge mi ser”, escribe la franco-marroquí Siham Bouhlal y Pilar Quirosa-Cheyrouze musita “Había soñado que cubrirías/mi piel con túnicas blancas”. Es el eterno femenino ascendiendo por los peldaños de la inconformidad, de cierta desilusión. Y ese es el mismo itinerario que emprende Inmaculada G. Haro cuando susurra “No puedo darle nombre al infinito:/estallaría en mi lengua”. Es como caminar hacia esa musa blanca y perfecta, a veces disfrazada de nube, siempre capaz de conducirnos por las prodigiosas laderas del amor.

En este caso es la sangre, la coronada condescendencia de lo cotidiano lo que nos acerca a Erato, nos subsume en su propia delectación que, además, nos aproxima a lo irrenunciable de la pasión como vemos en el poema La meta: “Ningún venero conoce obstáculo imposible”, aunque también se nos advierte que “Los sueños son/la materia prima de nuestra ruta”.

Licenciada en Filosofía y Letras la escritora malagueña ha publicado interesantes poemarios, varias obras de narrativa y varios poemarios infantiles adaptados para el teatro. En ese caso, dice Baena, “se ha dado a sí misma una cita y los poemas de ese libro son un testimonio de su cumplimiento, en la senda del mayor deseo de verdad y frente y frente a las dubitaciones que oscurecen la conciencia”.

Así, en la 2ª parte titulada precisamente Feminae, ahora que la mujer toma impulso en derecha de su participación en el mundo de todos, escribe la autora: “Te despojaron de tu trono,/partera,/en alumbramientos/horizontales e imposibles./Proceso mecánico, cartesiano./se perdió la magia del saber eterno”, como defendiendo una propiedad, que es la del cuerpo propio, la de la maternidad, la de la cercanía a todos los
nacimientos.

La maga es un poema casi grandioso, de una narratividad excelsa donde la mujer se enfrenta a lo cotidiano, a cierta perversidad social, a los planos ambiguos de la soledad: “Mi maleta conoce la alquimia de lo simple”. “En tus ojos adormeces el tiempo”, escribe Raquel Vázquez, sin duda dirigiéndose a esa fémina a veces aterida por el dolor o por ciertas lejanías y el salvadoreño David Escobar Galindo se expresaba así: “Qué fiel fuiste en nosotros, oh doncella,/ oh amada, oh fuerte, oh lúcida, oh presente,/más viva que el color de la vida”. Al fondo siempre la mujer la fémina, la musa, Erato o el infinito. “Hace ya tiempo que callas, lejana”, escribía Pablo García Baena.

En Ergo sum, tercera parte del libro de Inmaculada, se encuentran versos llenos de intención como el soneto que lleva una cita de Lope de Vera (“Es la poesía que me clama ignota..) pero , también, el poema que da título al libro con versos musicales, repletos de ritmo de intención, cadenciosamente perfectos: “Yo,/que anduve sedienta…/Yo/ alejaré de mí este cáliz,/ya la lluvia sangrienta no empapará el monte oscuro./Escanciaré versos en ofrenda/a los pies de Erato”.

Es como ir transformando el dolor en vida, en eternidad, en esa fogosa sensación de inmortalidad que sólo la mujer puede, es capaz, de transmitir. Es como recordar ese tributo de sangre que nos permite seguir habitando este planeta pese a los instintos depredadores y las violencias, siempre innecesarias y en lucha constante con el amor y la vida. Hablar de ello en un libro lleno de aristas, dulces incisiones, de felices encuentros con la realidad es, ya, una delicada manera de hacer poesía y ofrecérsela a los demás. Precisamente como hace Inmaculada García Haro en este libro recién llegado de la lluvia.

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