Reseña de la novela ‘Te estaba esperando’ (Francisca Herraiz), escrita por Manuel Fernando Estévez

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Cubierta de la novela ‘Te estaba esperando’ (Amazon, 2017)

Decir que la última novela de Francisca Herraiz, “Te estaba esperando”, pertenece al subgénero de lo paranormal sería quizá pecar de exceso, pero nadie puede negar que la autora imprime unas pinceladas a la obra que aportan matices más que suficientes para aferrarse a esa idea. Unos matices que, todo hay que decirlo, dan el colorido que la novela parece buscar desde el principio y la cargan de ese sentido que el lector necesita encontrar en pleno nudo de la obra. Aunque es de justos reconocer que esa inclinación por lo paranormal podría camuflarse, y magníficamente bien, por cierto, al calor de la explicación científica.

Podemos asegurar sin temor a equivocarnos que “Te estaba esperando“ es una novela de considerables dimensiones, no por la extensión del texto, lo cual es evidente, sino por el significado y, sobre todo, el mensaje que Francisca pretende transmitir desde las primeras líneas: el amor. Un amor que no solamente se va forjando entre dos personas sino que, irremediablemente, adquiere cierta adultez a medida que avanza la trama. Podríamos decir que es uno de los personajes principales de la historia, un elemento imprescindible de una obra en la que el lector experimenta junto a los protagonistas esas sensaciones a veces olvidadas a veces muertas.

Pero el amor se puede presentar de muchas maneras. En ocasiones lo hace en forma de amistad desinteresada, pura y limpia; otras nace entre los miembros de una pareja, ora ciego ora enfermizo; y otras veces entre padres e hijos. Pero… ¿con qué clase de amor pretende la autora acariciarnos el corazón? ¿Con cuál de ellos trata de conquistarnos?, porque es indudable que Francisca Herraiz consigue seducirnos desde la introducción. Podría ser el primero, puede que el segundo o tal  vez el tercero, pero mucho me temo que tendrá que ser el lector quien lo averigüe por sí mismo. Lejos de querer sembrar dudas o levantar polémicas, la causa de mi silencio no sería otra que el respeto total y absoluto a la autora y al desenlace de su obra.

Nos encontramos ante una novela de corte neocostumbrista con cierta inclinación hacia lo romántico, una ambigüedad que consigue captar con éxito al lector de cualquiera de estos géneros. Podría decirse que el prólogo forma parte del capitulado de la obra; una primera escena con una fuerza intrínseca capaz de arrastrar al amante de la lectura a tierras sembradas de misterio y de ficción; un elemento que no demora demasiado la explosión del nudo, al contrario que muchas novelas contemporáneas, que se inician en cualquier punto de la historia que se quiere contar con independencia de la cronología de los hechos que se van sucediendo. Quien lee esta introducción está perdido, y lo digo completamente convencido, porque a partir de este punto se verá abocado a continuar la lectura sin excusas ni ambages.

Habría que decir a favor de esta sección de la novela que la descripción del disparo es una de las mejores del libro.

Alguien grita por otro lado, ¿qué ha sido eso? El tío parece asustado y me suelta, echa a correr, pero antes de desaparecer de mi vista levanta una pequeña pistola y me apunta. ¿Ese había sido el ruido, el muy hijo de puta me había disparado? ¿Por qué? ¿Qué clase de disparate era ese? Yo no había hecho nada, ni siquiera le había pegado. ¿Que me odiaba por tener una cara bonita, eso había dicho?, ¿por eso me disparaba? Apretó el gatillo de nuevo. ¿Por qué disparaba otra vez?, ¿estaba en una pesadilla?, ¿qué sucedía? No entendía nada…”

Francisca maneja un lenguaje claro, sencillo y directo. Si unas líneas más arriba he escrito que el tema guarda relación con lo costumbrista, ahora completo la explicación diciendo que relata la vida cotidiana del protagonista en la peor época –o la mejor, según a través del prisma que se utilice- de su vida.

Avanzada la lectura, no puedo evitar comentar que el mundo onírico tiene mucho que decir en la novela, una obra preñada de sensibilidad y amena donde las haya. Es un fiel reflejo de la realidad que vive un enfermo y de las personas que lo cuidan y lo visitan.

Los personajes son más bien escasos, si bien gozan de una salud literaria que más quisieran muchos de los que pueblan las páginas de los best-sellers más conocidos y vendidos. Álex, el protagonista, es un joven escritor que roza la treintena con muy buenas intenciones pero que no consigue despuntar en su ocupación. De las conversaciones con su madre (muy en su papel de cuidadora y remachacona) se desprende que hasta entonces solo ha sido un viva la vida que trata de levantarle la falda a la primera chica que se presenta.

Rebeca, su vecina, es una joven bella y superficial a partes iguales que queda con el protagonista para presentarle a su prima, Carla, una muchacha no demasiado agraciada cuya principal virtud es la posesión de un corazón de oro. El doctor Nicolas Simons desempeña un papel, si no principal debido a sus cortas y escasas apariciones, muy importante en la obra. Ofrece a Álex la oportunidad de sacarlo del estado vegetativo en que se encuentra a través de un nuevo tratamiento que va cobrando importancia conforme avanza la segunda parte de la obra.

El protagonista se mueve entre constantes reflexiones y soliloquios en silencio, parece tener una necesidad imperiosa de explicarse las cosas a sí mismo (cosa que por otro lado tiene cierta lógica, debido a que buena parte de la obra la pasa en una cama sin poder siquiera expresarse), lo que hace que la novela, aunque no cause esa impresión, se adentre en ocasiones en el terreno de lo filosófico. Su voz interior es la auténtica narradora de la historia, y lo hace utilizando el presente, un tiempo verbal que encaja a la perfección con la temática si, como Francisca demuestra, se sabe utilizar.

Pese a que la trama pueda parecer reiterativa, a mi humilde entender está muy lejos de serlo; la autora la conduce con maestría por senderos diversos, lo que es muy meritorio para la historia en una obra de sus características. Cuando uno se entrega a la lectura de “Te estaba esperando” se da cuenta de cuánto puede dar de sí la habitación de un hospital sin perder el interés ni decaer en ningún momento. Francisca Herraiz, que no es ninguna principiante, lo demuestra capítulo tras capítulo. Quizá al escribir la novela no se lo propuso, pero uno aprende lo que es el proceso de curación en un hospital y fuera de él. Un diez en este sentido.

El estilo en el que se desenvuelve la autora es ágil, una narración en continuo movimiento; es familiar, cercano y sin sencillo, es decir, sin grandes pretensiones, y precisamente de la sencillez es de donde nacen las grandes obras. Mantiene un ritmo justo y muy estudiado durante toda la obra, sabe lidiar con inteligencia y resolución con los contratiempos que en este sentido se van presentando a lo largo de la trama.

El primer capítulo, tras la supuesta muerte del protagonista, puede llegar a desconcertar, pero hay que entender que la autora trata de jugar un poco al despiste (cosa lógica y lícita en cualquier novela que se precie) y enseguida se le vuelve a coger el hilo. Hacia la mitad se intuye la inclinación de Francisca por los fenómenos paranormales (volvemos al inicio de la reseña), una  inclinación que se mantiene hasta el final de la historia.

A veces uno se pregunta el porqué de la brevedad de algunas novelas. La que nos ocupa podría haber dado mucho más de sí si lo que buscamos es extensión y no intensidad o buen hacer literario. Podría haber doblado o triplicado el número de páginas si la autora lo hubiese decidido así. Pero no sería igual. Está tan bien llevada y su lectura se disfruta tanto que alargarla podría haber resultado peligroso para el resultado final del libro.

Para finalizar diré que es una obra que me ha impresionado por su temática, por la forma en que ha sido llevada, por el ritmo y, sobre todo, por el final inesperado. Y como para mí no existe una reseña de calidad que no cite un breve fragmento, entre los párrafos deliciosos que abundan en el texto me quedaría con el siguiente:

“Cierro los ojos y giro la cabeza. Pienso en el beso, ha sido tan diferente de lo que me esperaba. Cuando le he rozado los labios para besarla, en un principio no pretendía ir más allá, un beso de buenas noches, un poco más largo que el que me dio ella, para que sintiera lo mucho que la aprecio. Pero, al sentir su tacto, su calor, su piel suave, su respiración tan cerca, entrecortada, me ha encendido como nadie lo había hecho nunca. He sentido un vuelco en el estómago, un deseo incontrolable de tenerla más cerca. Ha sido cuando he abierto la boca para buscar su lengua y el roce me ha electrizado el cuerpo entero. La culminación ha sido cuando se le ha escapado el gemido, si hubiera estado en plenas facultades, ahí mismo la hubiera tomado. Suspiro, noto el corazón acelerado. Abro los ojos y me encuentro con una mujer que me mira de pie al borde de la cama. Su cara es seria, está cruzada de brazos. Tiene los labios apretados en una expresión de enfado. Lleva el pelo suelto, le llega a los hombros, es morena, aunque se le ven varios mechones blancos. De pronto me señala y me habla…”.

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