Reseña de la novela ‘Bajo el mismo cielo y diferente estrella’ (Gastón Morata), escrita por Manuel Fernando Estévez

Cubierta de Bajo el mismo cielo y diferente estrella
Cubierta de ‘Bajo el mismo cielo y diferente estrella’ (Ediciones Miguel Sánchez, 2016)

La historia de Granada no se ciñe solamente al reino nazarí. Gastón Morata lo demuestra en su quinta novela, “Bajo el mismo cielo y diferente estrella”, una obra que, si bien su disparo de salida coincide con las postrimerías del emirato de Granada, extiende su brazo varias décadas más allá de la toma de la ciudad. Con cerca de quinientas páginas estructuradas en un preludio, tres partes perfectamente diferenciadas entre sí y un epílogo, comienza el desarrollo de la trama cuando Pedro Ramiro de Alba, prior del monasterio de san Jerónimo, pide a la emperatriz Isabel de Portugal (esposa de Carlos V) que escuche la historia de un hombre acogido a sagrado, Khaled ben Majid, conocido por su nombre cristiano de Fernando Alijarte, criado de Ibrahim Comixa, con objeto de lograr su libertad como condenado a galeras.

Es de justicia dar comienzo a esta reseña diciendo que nos encontramos ante una obra de indudable valor histórico, social e incluso civil. Al contrario que en sus anteriores libros, “El perfume de Bergamota”, “La muladí”, “La chanfaina” o “Quimeras de plomo”, la que nos ocupa no estaría clasificada, a mi entender, como novela histórica, sino que se encuadraría dentro del subgénero dentro de la historia novelada, donde prácticamente no existe la ficción, sino que el autor se limita más bien a la historia.

En la primera parte cuenta los últimos años del reino nazarí. Iniciada con una detallada descripción del monasterio de san Jerónimo (de su capilla mayor, entre otros muchos lugares del edificio), cuenta las aventuras y desventuras de Boabdil, de su padre, Muley Hacén, de su tío El Zagal y de mil y un personajes que iluminan con luz propia cada capítulo del libro, hasta que los Reyes Católicos consiguen hacerse con el último bastión musulmán de la península con la firma de las capitulaciones de Santa Fé. Despechado por su padre, que lo considera culpable de la muerte de su esposa en el parto que lo alumbró, Fernando Alijarte entra al servicio de la familia Abén Comixa, concretamente de Ibrahim, un hombre tirano que no le deja la más mínima libertad de movimiento a lo largo de toda la novela, un ser que solo persigue, como Gastón Morata se encarga de dejar patente, el dinero, la fama y el poder.

En esta primera parte se narra, entre otras muchas aventuras, cómo Isabel de Solís seduce a Muley Hacén, un rey bravucón que se niega a pagar el vasallaje estipulado a los soberanos cristianos, y cómo se convierte en su segunda esposa, cambiando su nombre por el de Zoraya (una mujer que, tras su conversión al islam, se presenta unas veces como amiga y otras como rival de Aisha, primera esposa del emir de Granada). Se cuenta también parte de la guerra civil de Granada, la toma de Zahara por Muley Hacén y el conflicto con Castilla y Aragón; la confabulación de Aisha con los Abencerrajes y el golpe que prepara para entronizar a su hijo, Boabdil; la entrada en guerra con su esposo y su cuñado, El Zagal, y las conquistas de Málaga, Baza y Almería, a las que siguen las de Almuñécar y Salobreña. Dentro de tanta guerra y disputa palaciega destaca por su emotividad el capítulo dedicado a la toma de Granada, en el que el autor derrama toneladas de documentación.

La segunda parte se centra en la Granada mudéjar. En ella narra la forma de vida que llevaron los musulmanes que se quedaron en la ciudad tras la llegada de los Reyes Católicos. Entre otros muchos, llaman la atención los pasajes en los que narra la formación recibida por Ibrahim Comixa y su criado, Fernando Alijarte (llamado así por haber nacido en los Alixares, la casa de sus señores), para su oportuna conversión al cristianismo. En ellos describe con una maestría fuera de lo común la ceremonia de dicha conversión. Es importante dejar claro que en la mayor parte de la literatura dedicada a esta época se suele dar de lado la figura de Boabdil tras la toma de Granada. Muy al contrario, en esta obra cobra gran importancia a partir del dos de enero de 1492.

En la tercera y última parte cuenta el modo de vida de los que empezaron a conocerse con el nombre despectivo de moriscos, es decir, los musulmanes no expulsados que, tras la obligada conversión, siguieron practicando la religión “verdadera” en la clandestinidad. Hay que decir, en beneficio de la novela, que el autor consigue sin esfuerzo aparente que en cada una de las partes de la obra se respire un ambiente distinto. Musulmán en la primera, mudéjar en la siguiente y morisco en el desenlace.

Como en “El perfume de Bergamota”, el autor no puede ocultar su condición de médico. Una de las pruebas irrefutables de ello es la descripción del tumor de mama de Pilar Bascón Rodríguez, duquesa de Rusadir, uno de los personajes secundarios de la novela. Gastón es un escritor que aprovecha cualquier ocasión, incluidos los diálogos, para ilustrar su obra con documentación de calidad. Hace multitud de incisos para que las posibles dudas que puedan asaltar a los lectores sobre los temas que van saliendo a colación queden resueltas sobre la marcha. Siguiendo su línea descriptiva, podría decir que es un autor muy detallista, quizá en exceso, como demuestran las largas enumeraciones de calles o plazas, las descripciones de cargos, monumentos, indumentaria o costumbres de la época o la información precisa y bien elegida que aporta acerca de la religión, tanto musulmana como cristiana. Cabría destacar, en este sentido, el siguiente párrafo: “Entre las dos habían ordenado la preparación y elaboración de raciones diferentes de lomo de merluza, brochetas de oca, pinchos de perdiz escabechada aderezada con laurel y especies, platos de manjar blanco, bocaditos de carne picada aliñada con canela, gigote –carne de cordero asada picada en pedazos menudos- rehogados en manteca y condimentados con limón, vino y especies. Unas escudillas de plata contenían diferentes caldos elaborados con morcillo de vacuno, zanahorias y puerros que servirían como entrantes”.

Además de dominar la geografía y la historia española, norteafricana e italiana al dedillo, Gastón se mueve con soltura en la prosa. Podemos afirmar sin temor a equivocarnos que con “Bajo el mismo cielo y diferente estrella” ha alcanzado un estilo diferente al de su anterior producción literaria que le aporta la madurez que todo autor busca tras varias publicaciones. Su narrativa es atractiva, envolvente, no se podría explicar de otra manera, sumerge en la historia al lector y lo retiene con el libro entre las manos cuidando cada párrafo, cada frase, cada palabra.

Otro aspecto importante como narrador que no podemos dejar en el olvido sería el control que ejerce sobre el tiempo. Lo lleva siempre acorde a la narración, es decir, dedica el justo y necesario a cada etapa, a cada conflicto, a cada personaje, lo que hace que el lector no se aburra ni, por el contrario, se quede falto de información. Maneja un lenguaje claro y sencillo, excepto cuanto entra en harina con las descripciones médicas o artísticas; construye con meticulosidad los personajes y deja claros desde el principio, incluso desde el preludio, los conflictos a solventar a lo largo de la historia, y todo ello sin apresurarse en dosificar la información que obviamente tiene que ir facilitando. Pero como no todos los montes pueden estar sembrados de orégano, habría que señalar como defecto de esta obra, si defecto puede considerarse, la escasez de comas, lo que, aunque es un recurso que agiliza la lectura y está bien visto e incluso recomendado en determinados círculos, a mi humilde entender es algo que da lugar a interpretaciones erróneas del texto y a una obligada segunda lectura de determinadas frases.

Entre los muchos párrafos a destacar estaría el dedicado a la caza:

“La sierra de Elvira, montes de la Vega de Granada cercanos a la capital y en la que abundaban los zorros, tejones, jabalís, cernícalos y perdices era un lugar ideal para la práctica de la montería, y el Soto de Roma, un pago de propiedad real con tierras en donde abundaban las vides, los olivares y los morales, lugar ideal al que gustaba retirarse al monarca en compañía de sus más allegados a disfrutar de la cinegética. Siempre que sus actividades se lo permitían, el emperador, que era un experto tirador de ballesta y arcabuz, dedicaba varios días a su ejercicio favorito aunque éste no estuviera exento de riesgos. Y así ocurrió en la segunda quincena de septiembre. Empecinado en la persecución de un jabalí arocho, Carlos de Austria quedó separado de sus acompañantes y se alejó la suficiente distancia para que nadie pudiese oír el sonido de su trompa montera pidiendo ayuda. Desorientado y perdido, con hambre y sed, llegó a Fuente Vaqueros, una alquería morisca llamada así por la primitiva existencia en ella de una fuente utilizada como abrevadero y la construcción de establos para guardar el ganado. Los fuenterinos, nobles y esclarecidos, lo reconocieron inmediatamente aunque él se presentó –temiendo por su vida al seguir siendo los moriscos maltratados por jueces, alguaciles, escribanos y nobles castellanos a pesar de los años transcurridos desde la conquista cristiana de Granada-, como mercader perdido en el camino de Málaga. Tras saciar su hambre y sed, varios lugareños le condujeron sano y salvo, hasta el arrabal de San Lázaro junto a la puerta granadina de Elvira”.

Como siempre que se tiene entre las manos una obra de estas características recomendaría documentarse un poco acerca de los últimos años de la Granada nazarí y los primeros de dominación cristiana, aunque, a decir verdad, la trama está tan bien explicada y es tan rica en detalles, que se puede proceder directamente a su lectura sin pasar por la casilla de salida.

En cuanto a los personajes, los hay reales y ficticios, como mandan los cánones de la novela histórica e, incluso, de la historia novelada. ¿En qué obra que se ciña a este último subgénero no tiene cabida un tanto por ciento, por pequeño que sea, de personajes imaginarios? En cuanto a los reales cabría citar a Isabel de Castilla, Fernando de Aragón, Gonzalo Fernández de Córdoba (el Gran Capitán) y su esposa (María de Manrique), Martín de Alarcón, el infante Ahmed (hijo de Boabdil), el marqués de Villena, san Jerónimo (aunque lo cite como una evocación al pasado), Diego de Siloé, el emperador Carlos I de España y V de Alemania y su esposa (Isabel de Portugal), Juana la Loca, Felipe el Hermoso, Pedro Ramiro de Alba (prior del monasterio de san Jerónimo), Abul Hasán (conocido como Muley Hacén) y su esposa (Isabel de Solís), Mohamed Hacén (caudillo de Baza y hermano de Muley Hacén), Yusuf Comixa (alguacil mayor de Granada y padre de Ibrahim Comixa), Gutierre de Cárdenas (comendador de León), Hernando de Talavera (primer arzobispo de Granada) y una larga lista que sería imposible facilitar en una reseña de este tipo. Sin embargo, la importancia de los personajes reales, excepto la de unos cuantos, es relativa en la novela.

En definitiva, y después de analizar la obra de Gastón Morata, considero que “Bajo el mismo cielo y diferente estrella” es un libro altamente recomendable, tanto para los amantes de la novela histórica como de la historia pura y dura. Un libro para colocar en un lugar visible y consultar una y otra vez. El lector no se arrepentirá de zambullirse en este medio millar de páginas que lo harán retroceder cinco siglos atrás.

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