Reseña de la novela ‘La emperatriz de Tánger’ (Sergio Barce), escrita por Inmaculada García Haro

Cubierta de La emperatriz de Tánger
Cubierta de ‘La emperatriz de Tánger’ (Ed. del Genal, 2015)

La Emperatriz de Tánger es, sin duda, una excelente novela que se desarrolla en la época dorada de la ciudad magrebí, entre las décadas 40 y 50 del pasado siglo. Bañada de una luz especial, Tánger era conocida como la “ciudad de los sentidos”. A través de las peripecias de Augusto Cobos Koller, personaje memorable y rotundo, el autor nos muestra la verdadera protagonista del texto: Tánger, a la que convierte en el imperio de un universo de libertades impensables en ninguna otra ciudad de la órbita occidental de aquel momento, dejando al lector que elija, entre sus numerosos personajes femeninos, a su emperatriz. Como centro de la narración, Augusto, un escritor ficticio, creado por su autor, Sergio Barce, cuya vida atormentada por numerosas adicciones (alcohol, drogas y sexo) lo convierten en un ser agónico, siendo precisamente esa inclinación continua hacia el abismo lo que lo hace profundamente atractivo para el lector.

Tánger, sin duda, es un escenario mítico. En 1923 la ciudad estrenaba su Estatuto Internacional, convirtiéndose en unos de los centros neurálgicos de la vida moderna y social de la época. En realidad Tánger fue desde finales del siglo XIX hasta la década de los años 60, una ciudad fuera de lo común, donde se dieron cita todos los personajes importantes del momento. En las décadas de los años 30, 40 y 50   la ciudad proyectaba al mundo la imagen de ciudad permisiva y libre, punto de encuentro de intelectuales y artistas, que le confería un refinamiento muy particular, con su ambiente liberal y cosmopolita, repleta de cafés y bulevares por donde paseaban personas de la más diversa procedencia.

Algunos de ellos son personajes de la novela, como es el caso del escritor Paul Bowles que murió en Tanger, en 1999. Fue el último representante de una generación de escritores e intelectuales europeos y americanos que eligieron esta ciudad para vivir, amar, escribir, y sentirse libres.  Bowles se estableció, junto a su esposa Jane Auer (Nueva York1917 – MálagaEspaña1973), en la ciudad desde 1952 hasta su muerte. En su casa recibía a sus amigos, entre ellos a los escritores de la generación beat, (Willam Burroughs y Jack Keruac, etc.).  Gertrude Stein fue también una admiradora de la ciudad, y recomendaba como acto ineludible visitar Tánger. Por allí pasaron casi todos:  Tennessee Williams, Truman Capote, Allen Ginsberg, Jack Kerouac, William Borroughs, Gore Vidal, Gregory Corso, Djuna Barnes, Genet, Miller, o Cedil Beaton. Subían hacía el café Hafa, sobre los acantilados, y contemplaban los atardeceres sobre el estrecho fumando pipas de kif. En este sentido París y Tánger fueron dos puntos de fuga para numerosos intelectuales que recalaron por diversos motivos en una o en la otra. Tánger fue durante la década de los años 50, la capital del mundo. Su halo de ciudad mágica y libre, llega hasta los años 60, cuando fue redescubierta por el movimiento hippy.

Por tanto, no es extraño que su autor, el larachense y malagueño Sergio Barce, haya mencionado en numerosas ocasiones la fascinación que Tánger le producía en los primeros años de su vida. Residiendo en Larache, visitaba con frecuencia la mítica ciudad en la década de los 60, cuando, pasados sus años de esplendor, la ciudad conservaba mucho de lo que fue. Esa fascinación óptica de colores y formas diferentes y únicas es lo que Barce refleja en la novela y la convierten en un texto visual, potenciado por las numerosas alusiones y paralelismo con obras pictóricas que, igualmente, traspasa los límites entre la literatura y el cine. Todo ello hace del lector un espectador que “ve” las imágenes que está leyendo y produce una compenetración total con la narración. La Emperatriz de Tánger es una novela que, una vez leída su primera página, no puedes soltar. Los paralelismos formales con escenas pseudocinematográficas reafirman esa continua alusión, probablemente creada de forma inconsciente por el autor dada la inevitable asociación del universo imaginario de la época con el cine en blanco y negro.

En este sentido hay en la novela numerosos “guiños pictóricos” que hacen posible una radiografía del texto donde aparecen numerosas alusiones con las que se elimina la barrera entre la literatura y la pintura como disciplinas artísticas diferentes en una magnífica fusión. Como afirma la profesora Vidal Claramontes ”La Poética de Aristóteles iniciaba esta vía de semejanzas y coincidencias entre las artes musical, poética y pictórica. La Ars Poetica de Horacio constatará el atractivo de la producción literaria en unión con las demás artes” [1].

En algunos casos la obra pictórica se vuelve protagonista o forma parte de la escena. Es el caso de las contínuas alusiones a la obra de Matisse, autor del que colgaban dos réplicas de sendas obras, Zohra en pie y Odalisca sentada con los brazos en alto en las paredes desérticas de su apartamento. La elección de este artista no es arbitraria pues Henri Matisse, fascinado por esta ciudad desde el primer momento, la visitó en diversas ocasiones para plasmar en sus cuadros escenas del interior de la propia Kasbah. De hecho, en Tánger los visitantes que lo deseen pueden seguir un camino trazado en el suelo, que señala los pasos del artista.  Igualmente el pintor quedó fascinado por el palacio nazarí de la Alhambra cuando lo visitó en 1910 tal y como ha quedado demostrado por la que fuera Directora del Patronato de la Alhambra, Mª del Mar Villafranca. En la exposición que se realizó en 2011 en el Palacio de Carlos V de Granada queda plasmado el impacto que el edificio produjo en el pintor. El viaje, que inició en Madrid, fue completamente fértil y marcó el comienzo de una etapa enormemente creativa con piezas magistrales como el Atelier Rouge. Más tarde, de vuelta a su taller en Niza, arrancó otra fase más evocativa, más de salón, que en esa exposición se denominó Paisaje Interior, paisaje que él puebla de odaliscas como si fuera un harem en un ambiente intimista que pudo evocar en la Alhambra o en Marruecos.

En el capítulo “CARMEN” de la novela de Barce, queda patente el protagonismo del pintor en la narración cuando “Carmen se estiró en el sillón, descansando los brazos por encima de su cabeza. Esa postura levantaba sus senos y estilizaba sus músculos. Flexionó la pierna izquierda, que apoyó en el mismo sillón, dejando la derecha abajo, cruzada transversalmente. / -Siempre quise posar para un artista…estar así completamente desnuda para unos ojos que me abrasaran. / En ese instante, comprendió lo que ella estaba haciendo. Miró una de las reproducciones de Matisse que había comprado en un mercadillo hacía años y que colgaba torcido de la pared de la habitación…”. Sin duda el autor se apoya en la explícita sensualidad de las odaliscas del pintor francés para enfatizar la atmósfera de erotismo que impregna la novela.

Además de Matisse otro pintor es evocado en esta narración. También, y quizás de nuevo de forma inconsciente, el “ambiente” del pintor americano Edward Hopper, considerado como el pintor de los retratos de la soledad de la vida estadounidense de la época, queda reflejado en frases tan descriptivas como esta: “Se entregó al azar de las callejuelas hasta toparse con un haz de luz que dibujaba un cuadro en el suelo”[2], impregnando toda la novela con el universo desolador que transmite su pintura.

Pero es, sin lugar a dudas, en el momento en el que el lector se enfrenta al personaje de Miriam Benasuly, cuando el imaginario visual se despierta de forma más rotunda: “Augusto abrió la puerta y la contempló como una obra de arte recién descubierta”. Esta figura, aún una niña con la que el protagonista mantendrá una pasional relación, recuerda numerosos ejemplos de la historia de la pintura, pero sobre todo a la modelo y poeta Elizabeth Siddal, esposa del poeta y pintor Dante Gabriel Rossetti, que, al igual que Miriam, posee una larga cabellera pelirroja que inundó la obra de numerosos artistas del siglo XIX. Siddal fue infravalorada por sus coetáneos, como quizás lo son todos los personajes femeninos de la obra de Barce que, pretendiendo convertirlas en potenciales emperatrices, acaban siendo elementos secundarios del relato, centrado de forma androcéntrica en el protagonista, ser agónico arrastrado por su propio abismo vital pero inequívoco en todos sus perfiles como personaje literario.

En definitiva, la obra de Sergio Barce consigue el objetivo que inicialmente el autor se traza desde un principio que no es otro que transmitir la fascinación que a sus ojos de niño le produjo aquella ciudad que quedó grabada en su psique como una mítica película de Bogart.

[1]  VIDAL CLARAMONTE , MARIA CARMEN AFRICA .“ARTE Y LITERATURA: INTERRELACIÓN ENTRE PINTURA Y LITERATURA S. XX” PALAS ATENEA EDICIONES SA, 1992

[2] Del capítulo “RICARDO”.

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s