Reseña del poemario ‘La sangre de Erato’ (Inmaculada García Haro), escrita por Enrique Baena Peña

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Cubierta del poemario ‘La sangre de Erato’ (Ediciones del Genal, 2016)

Los textos que nacen de la fantasía proclaman la libertad de lo informe, de lo que no ha de sujetarse a disciplina poética; los que trasladan la imaginación nos traen el sentimiento profundo del mundo en la voz cultivada que aspira a su perdurabilidad, aún con la conciencia de que nada impedirá, si llega, su desaparición. La modernidad lírica que tanto debe a los poetas románticos ingleses, a Byron, a Shelley, a Wordsworth, a Keats, encontraba en las ideas traídas de Coleridge su mejor emblema. Hoy tratamos el imaginario desde esa cuna de poética moderna, pero también desde el gran legado de la tradición y sus mitologías.

Inmaculada García Haro no solo reúne en sus formas creativas uno y otro legado, sino que también permite que la invención surja en su estado puro, en lo relativo a la fantasía, para así acrecentar los símbolos de su poesía en contacto con la más entrañada naturaleza, creando pálpito de realidad en la imaginación.

El primer poema del libro, el pórtico, da ya la exacta medida de esta brillante intuición lírica: el cuerpo es el microcosmos de las esferas celestes y ansía la circularidad, lo que además remite a la forma de la perfección: el círculo, para otorgar el anhelo humano, lo estético, al clamor –geométrico- que llega del universo.

Pero el nombrar poético no puede abarcar su infinitud, ni tal grandiosidad cabe en ninguna nombradía, recordando a Juan Ramón; y, sobre todo, su inmenso silencio, una forma divina bastante para Antonio Machado, en la poesía de Inmaculada García Haro no es posible concretarlo en términos lingüísticos tal vez por la misma razón.

Uno de los valores sobresalientes de la poesía es el sentimiento que comunica, y en ello la introspección psicológica y la toma de conciencia emocionada, una verdad ética y del conocimiento, ante todo aquello que nos alienta la vida, desde la dignidad que no oculta el sufrimiento y la conquista. Por eso, el logro de su poesía consiste en extraer lo que vemos y oímos y admitimos cada día, y rescatarlo en su dimensión más desnuda y humana, despojándolo de cualquier embotamiento y mirada rutinaria. Y así también desvelan sus poemas el sentimiento de soledad que nos sobrecoge ante el universo, como visión y materia que no podemos recoger en nuestro tiempo vital, que así mismo es un fluido imparable que lleva la intuición de lo grande y su refracción en lo cotidiano, el agón, la lucha tantas veces trágica en el peso existencial, y los remansos de paz.

La fantasía que viene a estos poemas con las referencias míticas (Erato, Morfeo…)  o con los cuentos de tradición popular o literaria (Pinocho, Alicia…), recrean las formas del azar y del libre albedrío que la casuística psicológica otorga a los sueños:  entrar en el reino del dios onírico, sentirse movido por hilos o cruzar el espejo son formas del correlato de mundo que la poeta atesora como una realidad interna del ego donde  ya son posibles las visiones deseadas, desde inventar horas hasta descifrar con el alma el  “lenguaje de las nubes” como escribe Inmaculada en el poema “Salvoconducto”.

Y en esa lúdica forma interior, la voz lírica en los reflejos de su poética ha de surgir de la plena depuración, un modo de catarsis, la soledad y atención del creador al gran silencio antes de lograr las palabras de la expresividad literaria. El poeta lo es así tanto desde ese ahondamiento cuyo origen estaba en el tiempo homérico, como desde el compromiso apenas visible, pero profundo en su intensidad, de la vida cotidiana, la que cada día discurre. El metro y el estrofismo, de raíz clásica, también dan cuenta de ello. La respuesta llega asimismo del eco de las voces literarias que se rememoran: desde Lope de Vega, pasando por Ernestina Champurcín, hasta José Hierro, entre los que se traen al texto.

En la poesía de Inmaculada vemos también un segundo caudal de creatividad, junto a los rasgos del imaginario; se trata de la capacidad de su poética de eclipsar el ser que crea, el propio yo lírico, y así traer al primer plano lo que se ve, los hechos, las circunstancias, o las sensaciones, para hacerlo poesía. En el poema “Alquimia” ocurre con la iluminación que hace del trabajo milenario de las mujeres; en el poema “El latido de Gaia” en relación con la necesaria sincronía que necesitamos de la naturaleza; y en sucesivos poemas, la necesidad de no perder saberes originarios, o de tener la capacidad de olvidar, o de poseer el silencio interior necesario para dejarse bañar por la luz, etc…

Modos que, reunidos en quien crea los poemas, permiten vislumbrar la fuente de las fuentes, el acervo último e interior de donde la poeta extrae su invención y allí se concilia lo simple y lo complejo, lo real e irreal, el lugar claro y el de la extrañeza, el punto de partida y la extensión de lo recorrido. El poema “La Maga” nos desvela todo ello, y “Paradojas”, una profesión de fe personal en la libertad ajena al gregarismo. La poeta se ha dado a sí misma una cita y los poemas de este libro son el testimonio de un cumplimiento, en la senda del mayor deseo de verdad, y frente a las dubitaciones que oscurecen la conciencia.

El último poema que da título al libro, “La sangre de Erato”, no es sino el diálogo de conciencia, despierta y vitalista, que logra su expresión en los versos, y que ya son pasos hacia las formas de un mito personal, y de expiación y defensa ante la negación y lo vivido así, que se expresa en términos sagrados y que se remite a claves redentoras, las que han de venir por la poesía y su representación estética en la unión del yo-mundo; finalmente el último desiderátum lúcidamente expreso en este hermoso libro de poemas.[1]

[1]Este texto aparece, bajo el título “Poesía: fantasía, imaginación y diálogo” (Edad de síntesis. Géneros literarios y actualidad creadora. Enrique Baena. Universidad de Málaga) en la compilación de “Estudios sobre el Patrimonio Literario Andaluz VI (Homenaje al profesor Salvador Montesa)” –Antonio Gómez Yebra (ed.)-, publicado con la ayuda del Departamento de Filología Española II y Teoría de la Literatura de la Universidad de Málaga.


Prof. Dr. Enrique Baena Peña, Catedrático de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada, es Coordinador del Área de Conocimiento, Responsable del Grupo de Investigación de Estudios Literarios y Director de la Cátedra Ámbito de la Cultura de la Universidad de Málaga. Profesor Visitante en diversas Universidades europeas, sus líneas de investigación se centran en la Poética histórica y moderna, los fundamentos críticos y teóricos de la literatura y la estética literaria. Entre sus publicaciones recientes, se encuentran los libros “El ser y la ficción” (2005), “Metáforas del compromiso” (2007), “Umbrales del imaginario” (2010), “La invención estética” (2014) y “Estudios de Teoría y Literatura Comparada” (2016).  Así mismo ha organizado y editado las Actas de numerosos simposios y Congresos de Teoría literaria y Literatura, y ha sido editor de distintos autores y textos relevantes, como los ensayos cervantinos de María Zambrano. Ha publicado más de un centenar de artículos en revistas de prestigio de la especialidad. Imparte docencia en diversos Grados y Másteres de la Universidad de Málaga, y es director de trabajos de investigación en Grados, Masteres y Doctorado. Igualmente, imparte docencia y doctorado en otras Universidades españolas. Es colaborador en suplementos de la prensa periódica, miembro de los jurados de los Premios literarios nacionales de Literatura y de varias Reales Academias.

 

 

 

 

 

 

 

[1][1] Este texto aparece, bajo el título “Poesía: fantasía, imaginación y diálogo” (Edad de síntesis. Géneros literarios y actualidad creadora. Enrique Baena. Universidad de Málaga) en la compilación de “Estudios sobre el Patrimonio Literario Andaluz VI (Homenaje al profesor Salvador Montesa)” –Antonio Gómez Yebra (ed.)-, publicado con la ayuda del Departamento de Filología Española II y Teoría de la Literatura de la Universidad de Málaga.

 

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