Reseña del poemario ‘La vuelta de Martín Fierro’ (José Hernández), escrita por Jesús de Matías

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Cubierta de ‘La vuelta de Martín Fierro’ (Edaf, 1985)

El devenir de la vida, el transcurrir de los acontecimientos, cambia en muchas ocasiones la manera de pensar y la conducta de los seres humanos. Tras las alegrías vienen las tristezas; tras el dolor, el placer o, por lo menos, la ausencia de dolor; y tras las penas, las alegrías y la fiesta. Y viceversa, siempre hay una segunda cara de la moneda, que cae unas veces de un lado, pero tengan por seguro que en algún momento caerá del contrario. Tras las pérdidas, el reencuentro. Así da inicio, precisamente, ‘La vuelta de Martín Fierro‘ (1879), la segunda parte del poemario gauchesco ‘El gaucho Martín Fierro‘ (1872), obra del escritor argentino José Hernández.

El final de la primera parte dejaba al lector despidiéndose de Martín Fierro, un gaucho sometido al imperio de esa ley no escrita, o quizás sí escrita, que se ceba con el pobre, con el gaucho, y no le deja ni vivir en paz ni en armonía. Sin hijos y sin mujer, los tres, en paradero desconocido para el protagonista de este poemario escrito, en sus dos partes, mayoritariamente en sextillas, aunque con algunos fragmentos en romance o en redondillas. Camino de su destino con su compañero de viaje, Cruz.

En este regreso, después de sufrir diversas inclemencias y ver la violencia de los indios, Martín Fierro vuelve con sus hijos, quienes le cuentan en una fiesta las desventuras que han sufrido. Ninguno de los vástagos ha tenido suerte durante los diez años que han estado sin ver a su padre. Uno de ellos, el mayor, estuvo preso en una penitenciaría de forma injusta y proclama en su canto la crudeza de la prisión, “donde no se oye más ruido / que el latir del corazón“, con tanto silencio que “hasta se le han de sentir / las pisadas a la muerte“.

Una situación de desdicha parecida sufrió el segundo de los hijos de Martín Fierro, obligado a vivir, al ser menor de edad, al cuidado de un hombre de acogida tras la muerte de una de sus tías. El sino de los gauchos queda resumido, de viva voz (porque esta bilogía gaucha, ‘La ida’ y ‘La vuelta’, son dos bellos y extraordinarios ejemplos de la tradición oral pasada al papel) en la siguiente sextilla:

El rigor de las desdichas

hemos soportao diez años,

pelegrinando entre estraños

sin tener donde vivir,

y obligados a sufrir

una máquina de daños.

Los daños y las desdichas, en efecto, no se detienen para los pobres, como si fueran fabricadas por alguien con una máquina que no para nunca de hacer su trabajo. Más, como se ve en esta obra, contra los pobres que contra los ricos. Y como la pobreza, la picaresca parece no tener fronteras. Si en la literatura española el astuto ciego acusa al lazarrillo (‘El lazarillo de Tormes‘) de comer de tres en tress las uvas de un racimo y le dice que lo sabe porque él mismo se las come de dos en dos y el lazarillo no protesta, en ‘La vuelta de Martín Fierro‘ tenemos otro ejemplo de picaresca y pequeña delincuencia.

El hombre que debe cuidar al pequeño de los descendientes de Martín Fierro es un viejo que

(…)

siempre robaba carneros,

en eso tenía destreza:

enterraba las cabezas

y después vendía los cueros.

Vemos en la obra de José Hernández cómo la pobreza y la necesidad agudizan el ingenio: unas veces para bien, otras, no sabemos a ciencia cierta si las más o las menos, para mal, para el lado de la delincuencia, del alboroto, de las peleas y las riñas. De la delincuencia que acaba en robo o en homicidio. Pero una vez muerto este hombre, el pequeño de los Fierro regresa con su padre.

Todos participan en esa fiesta de reencuentro en la que los personajes como Picardía o El Moreno van desfilando y cantando sus vidas, transmisores de recuerdos, de consejos recibidos o dados, en un lenguaje llano, que puede sonar incorrecto o “paleto” para el mayor de los academicistas, pero que es el lenguaje del pobre, del gaucho, del que no tiene educación académica porque lo aprendido, mucho, poco o nada, lo ha aprendido en la calle, en el campo.

Donde los conocimientos no se almacenan en un expediente académico ni en un curriculum vitae, sino en los callos de las manos. Es la inteligencia del “pueblo llano”, si el lector quiere llamarlo así, puro y duro, crudo. ¿Cómo no acordarse, si se es “seriéfilo”, de las diferencias entre las inteligencias de Frasier Crane, el reputado psiquiatra radiofónico, y su padre Martin? La inteligencia académica buscando la racionalidad en todo y la inteligencia de la vida, la que con un consejo o frase sencillos, da con la solución. Con un dicho popular que resuma una cualidad, una salida a un problema.

Porque la vida no es un camino de rosas y no es fácil encontrar a una sola persona para la que todo hayan sido alegrías y en su vida no haya habido ni penas, ni complicaciones, ni injusticias. El ‘Martín Fierro‘, por todo lo dicho en la reseña de esta segunda y de la primera parte, es una excelente obra poética, que quedará para la posteridad y que cualquier lector, más o menos aficionado a la poesía, debe leer.

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