Reseña de la novela ‘La mano de Fátima’ (Ildefonso Falcones), escrita por Manuel Estévez Goytre

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Cubierta de ‘La mano de Fátima’ (Editorial Grijalbo, 2009)

‘La mano de Fátima’, segunda novela –lineal, como la anterior- del autor de La catedral del mar, trata la historia real de la comunidad morisca que Ildefonso Falcones inicia con muy buen ojo a finales de 1.568 a raíz del levantamiento que ese pueblo protagoniza en las Alpujarras granadinas y prolonga hasta su expulsión definitiva en 1.610, cerca de cuarenta y dos años después. Completa, detallada y exquisitamente documentada en todos los aspectos, a veces en exceso, único punto que algunos lectores (sobre todo los detractores de la novela histórica) podrían encontrar en contra de este magnífico libro, ya que a veces puede dar la impresión de apartarse de la historia principal para centrarse en la propia documentación, algo muy extendido entre los autores de este género literario.

Aún así, sus cerca de mil páginas no decaen ni se hacen pesadas en ningún momento, sino más bien permiten una lectura dinámica, enérgica y repleta de matices que resultan altamente provechosos. Tengo que decir que a mi entender ese exceso de documentación (si se puede llamar así) no representa problemática alguna, pues dice mucho a favor del proyecto final que Falcones pretende llevar a cabo (a fin de cuentas lo que persigue es contar una historia dentro de un contexto histórico que requiere de ciertas explicaciones para una mejor comprensión por parte del lector), ya que además de sacar a colación los puntos más relevantes de ambas culturas en relación con el hilo que intenta seguir (recuérdense los libros plúmbeos del Sacromonte, la Virgen María como nexo de unión entre las dos religiones, así como el Dios de Abraham, el mismo para las dos, la Inquisición o las relaciones de los cristianos nuevos con Berbería), da todo lujo de detalles sobre cada materia a tratar, como la vida ecuestre, el arte, la cultura o el quehacer cotidiano de moriscos y cristianos a finales del siglo XVI y comienzos del XVII.

El autor, a través de un estilo suave y penetrante y un lenguaje que aunque sencillo y al uso no deja de ser exquisito, juega con unos ingredientes que, si bien suelen ser comunes en todo tipo de novela, parece ser que es en la histórica donde encuentran mejor asentamiento y aceptación por parte del lector: amores imposibles o casi imposibles (Fátima, Isabel, Rafaela), venganza (perseguida a lo largo de gran parte de la historia por Brahim y Ubaid, incluso por Barrax), odio, guerra, represión, violencia extrema y, sobre todo y como colchón donde descansa todo lo anterior, el hecho histórico, en el que el autor se detiene con una rigidez digna de admiración.

Conduce la historia con maestría y actúa a favor o en contra de cada personaje (sea cual sea su religión) según circunstancia y momento, dejando a cada cual a la altura que le corresponde, pues cuenta sin complejos, según en qué capítulos, las atrocidades cometidas por ambas comunidades y ensalza los hechos plausibles que las mismas llevan a cabo.

La trama se desarrolla, con un movimiento imperturbable, principalmente en las Alpujarras, Córdoba y Granada, dando un protagonismo menor a Sevilla, reino de Valencia, Berbería –sobre todo Tetuán y Argel-, y al pueblo turco.

La primera parte –en nombre de Alá– se centra en la guerra de las Alpujarras. Ildefonso Falcones cuenta con precisión milimétrica y atinado criterio los avatares de un pueblo regentado por Abén Humeya, cuyo nombre cristiano es Francisco de Válor y Córdoba, al que tras su muerte sucede su primo Aben Aboo. Hernando Ruíz, hijo de Aisha –morisca- y del sacerdote cristiano que la violó –hecho que se repetía una y otra vez en la viciada sociedad, sobre todo rural, de la época- crece en Juviles, un pequeño pueblo de la comarca granadina.

Su madre, para evitar el rechazo de sus vecinos, se ve obligada a casarse con Brahim, un hombre déspota que odiaba a su hijo, conocido por todos como el Nazareno, por su descendencia cristiana. Hernando es educado, por una parte, en la religión musulmana, por sus padres, pero sobre todo por Hamid, un viejo alfaquí que se volcó en él y lo trató con el cariño que su padre se negó a ofrecerle; por otra, en la cristiana, por don Martín y Andrés, cura y sacristán, respectivamente, de Juviles. Hernando, como morisco, se ve envuelto en el levantamiento de las Alpujarras, a partir del cual los hechos se van sucediendo con una inmediatez mareante, pero sobre todo con la espontaneidad propia de un pueblo agobiado por el maltrato, la vejación y la humillación, tema sobre el que no voy a entrar en detalle porque se alargaría demasiado esta crítica.

La conciencia de Hernando, aun del lado del pueblo morisco, le impide estar de acuerdo con las matanzas que su propia comunidad protagoniza, tan crueles como las que llevaban a cabo sus enemigos. Así pues, ayuda a escapar a una niña cristiana (Isabel) y a un noble, también cristiano, que resultó ser don Alfonso de Córdoba, duque de Monterreal, y que más tarde actuará como protector del joven morisco. El odio y la venganza, en definitiva la crueldad, aparecen por doquier en esta primera parte, donde la acción y el movimiento provocados por el continuo batallar no encuentran reposo. Apabullante.

La segunda parte –en nombre del amor– cuenta la llegada de Hernando a Córdoba (de la que hace un repaso histórico y cultural exhaustivo, dejándola en el apetecible y muy apropiado lugar que se merece), su establecimiento en esa ciudad y la forma en la que va prosperando día a día, hasta el punto de convertirse en todo un personaje en su entorno. Entre la primera y segunda partes hay un movimiento en cuanto a las vidas amorosas de Brahim y de Hernando que el autor trata de justificar según las costumbres de cada religión y que el lector sufre en sus propias carnes. Una segunda parte, aunque más relajada que la primera, en la que los protagonistas se ven envueltos en continuos desengaños e injusticias por parte no sólo de los cristianos, sino de sus propios familiares. Tremenda.

En la tercera –en nombre de la feHernando realiza varios viajes –más o menos largos según la circunstancia y la necesidad del momento- a tierras granadinas, pero esta vez a la capital, donde el autor revienta en una orgía de detalles alrededor de la vida de esa ciudad en el siglo XVI. Su relación con ciertos personajes de la nobleza le concede un prestigio que en Córdoba ya había comenzado a disfrutar. Incluso la cúpula de la iglesia granadina le ofrece trabajar con ella, lo que le costó la confianza y el afecto que la comunidad morisca cordobesa había depositado en él. Una parte, tal vez, más intelectual que el resto, en la que el protagonista tiene la oportunidad de demostrar su eficiencia como traductor y colaborador con ciertos frailes y obispos. Deliciosa.

En la cuarta parte –en nombre de nuestro Señor-, además de continuar viviendo en Córdoba, hace algún otro viaje a Granada y al reino de Valencia. Conforme se va aproximando el final, el autor va tejiendo una tela de araña que va aumentando la tensión y acaba desinflándose en las últimas páginas, en las que recibe noticias que le cambiarán –de nuevo- la vida. Un final inesperado que, sin embargo, no se aparta de la línea del resto de la novela. Una cuarta parte, que unida al epílogo, complementa sabiamente todas las anteriores en cuanto a calidad, ambientación y documentación. Más que satisfactoria.

En cuanto a los personajes, hay que decir que están muy estudiados y magníficamente desarrollados. Llenan todo el hueco que el autor les exige en cada capítulo. Se mueven conforme las propias circunstancias y hechos históricos les van pidiendo, lo cual no es baladí en una novela de esta envergadura. Hernando –que representa la generosidad y la tolerancia, casi la perfección, en una época dominada por la iniquidad y la lucha entre religiones y razas- es un personaje que tiene multitud de altibajos, tanto sociales y económicos como personales o familiares, a lo largo de toda su vida. Hay ocasiones en las que le va mal, otras muy mal (en las que Falcones consigue mantener al lector con el corazón en un puño), situaciones que sabe sortear y superar con resolución y soltura.

También las hay buenas e incluso muy buenas (en las que el autor parece premiarnos con la relajación que inconscientemente buscamos después de tanta injusticia). Hamid, Aisha, Fátima, Rafaela o el propio Miguel, ponen un contrapunto de humanidad en medio de un campo en el que Ubaid (el arriero de Narila), Barrax o Brahim van sembrado toda la injusticia y venganza que cabe en una insurrección de estas características. El autor consigue que nos conmovamos con Fátima o Rafaela y odiemos a Ubaid o a Brahim al mismo tiempo que sufrimos con Hernando y repudiamos las acciones que ambas tropas llevan a cabo, como la que da lugar a la muerte de Gonzalico, que si bien Falcones no le saca todo el jugo que el hecho en sí merece, en mi opinión representa el símbolo alrededor del cual se mueve toda la ignominia y la crueldad que pretende reflejar en su obra.

Se puede sacar la conclusión de que Ildefonso Falcones es un autor que conoce bien el terreno que pisa y que su libro, La mano de Fátima, es una historia altamente recomendable incluso para los lectores que no se sienten atraídos por este tipo de novela, la histórica. Entretenida y bien documentada, retrocede cuatro siglos para transportarnos sin ningún tipo de problema a otra cultura y a otro mundo completamente diferentes al nuestro. Espero su próxima obra con impaciencia.

Granada, mayo del 2011

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