Reseña del poemario ‘Los refugios que olvidamos’ (Jesús Cárdenas), escrita por Elena Marqués

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Cubierta del poemario ‘Los refugios que olvidamos’ (Ed. Anantes, 2016)

Me enfrenté a este libro con el ánimo de que la poesía me ofreciera un refugio. Había una promesa en su título, un espacio apacible donde era posible que la luz irrumpiera. Empecé su lectura y vi que caían las hojas desde un primer poema celeste y vibrante, esperanzador, íntimo y a la vez poderoso. En él existía un bien que nadie podía arrebatar a Cárdenas; una voz, la de Ella, que le ofrecía el abrigo del refugio en los bosques y parques que acogen y ocultan los primeros pasos del amor.

Sin embargo, flota el invierno en este libro de poemas, y la soledad como un tema recurrente, como una sombra perpetua de la que el mismo poeta, valgan la redundancia y la rima, se asombra; como una ausencia de esperanza, una oscuridad donde solo hay siluetas, perfiles efímeros, cuerpos difuminados, figuras sin límites definidos y manos invisibles. Donde hay mucho silencio. Y Jesús Cárdenas necesita que ese cuerpo impreciso se haga de verdad, «de carne y grito / e infinitos abrazos prolongados / más allá de estas horas».

El tiempo transita en Los refugios que olvidamos gélido, y se detiene en una especie de invierno perpetuo, en un asilamiento en esa isla de la primera parte que recoge los poemas bajo el epígrafe «Humedad», posiblemente la del principio de los tiempos, origen de la vida y la placenta, refugio en fin, como veremos en un poema posterior, «Sin rencores», donde Cárdenas busca «un lugar donde corra la humedad / y apenas se abran claros».

Y, junto al agua, uno de los elementos (fundamentales siempre en el poeta estas referencias telúricas), el fuego de la vida, que en muchas ocasiones devendrá cenizas, y «el primer amanecer desde la cama» frente «a una hilera de mundos intocados». Es la hora de los «Comienzos» antes de que lleguen las «Hojas secas», con que se inicia la segunda parte del libro.

Allí la hoja recorre una cadera, pero también es símbolo de la ausencia de vuelo, de cierto acomodo. Se eleva una queja sorda del poeta, una exigencia a que la sangre siga porque es lo que pide toda historia de amor reinventado. A cruzar la frontera de la rutina y adentrarse en sus peligros. Hay mucho abandono, mucha renuncia por su parte, mucha derrota; palabra que se repite, en especial como adjetivo. Hay necesidad de que la humedad del principio se haga líquida, ola, orilla, «presencia al fin»; olvide los titubeos, acorte las distancias

Cárdenas nos ofrece un ámbito para el amor al más puro estilo romántico, o bucólico. Ese sería un primer refugio, donde «lo fatal no tuviera cabida», una «región secreta / en la que los amantes afrontan el vacío». Nos abre su corazón y parte de su biografía interior de una forma personalísima. Busca un refugio fijo, dejar de ser huésped pasajero y «arena errante». Busca tener certezas. Busca un «Anclaje», que es el título de la tercera parte del libro, que encuentra frente al castillo de Sancti Petri en un poema dedicado a su madre.

Y es en el último poema de esta parte, que se titula precisamente «Anclaje», donde Jesús Cárdenas desempolva las copas aún embaladas y alza su brindis por la vida, a un «Más allá» con que se inicia la última parte, «Sumideros», en la que se abren una ventana y otro mundo. Este mundo es el presente, donde podemos pensar que el poeta echa raíces, donde comprende y acepta su realidad. Es en ese espacio en el que se para a observar su entorno y el sufrimiento que en él existe (léase, por ejemplo, «La muerte a plazos»), y el dolor propio al decir de sí mismo que se encuentra «como la manzana / con una hoja de cuchillo adentro», al reconocer, con Cummings, que «Los sueños se van desvaneciendo».

Yo quería terminar la lectura con un final feliz tras ese «Fin de etapa» con que concluye el libro; pero este no lo parece, sino más bien un final abierto con historias «pendientes de nueva decepción» tras todas esas renuncias de las que habla el poeta en la composición más extensa de este libro, «Deserción de la materia», unas renuncias que nos conducen al desierto.

Creo que en Los refugios que olvidamos no encontramos el libro definitivo de Jesús Cárdenas, pues, llegue o no a encontrar el refugio que necesita, él es un animal poético y tendrá que seguir hablándonos durante muchos años con nuevos versos, con nuevos poemas. En cualquier caso, yo espero que su lectura os sirva de verdad de refugio y os conduzca directamente a la Poesía.

EL AUTOR: JESÚS CÁRDENAS

Jesús Cárdenas (Alcalá de Guadaíra, Sevilla, 1973) es licenciado en Filología Hispánica y trabaja como profesor de Enseñanza Secundaria. Entre sus publicaciones destacan Algunos arraigos me vienen (2006), La luz de entre los cipreses (2012), Laberintos sin cielo (2012), Raíces de ser (2012), Mudanzas de lo azul (2013), Después de la música (2014) y Sucesión de lunas (2015). Colabora en revistas impresas y digitales reconocidas y algunos de sus poemas han sido traducidos al rumano, al bable, al italiano y al inglés.

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